Solo habéis conseguido robar una especie de cántaro parecido a un botijo, descolorido y descascarillado, al que uno de los tenderos no prestaba demasiada atención. Resultó que estaba vacío, así que con ese arma en las manos te preparas para llevar a cabo vuestro plan.
La parte complicada le toca a Li’ahn, que va a tener que llamar la atención del tipo. Cuando se acerca el tipo se pone alerta. Desde unos pasos por detrás, donde tú disimulas y tratas de comprobar que nadie os ve, te das cuenta de que ella está muy nerviosa, pone caras raras y sonrisas que no le pegan para nada. El guardia, aún así, no le quita ojo de encima, aunque no sabrías decir si la mira con deseo, con asco o como quien mira hambriento a un trozo de tarta. Tú aprovechas para dar pequeños pasos silenciosos, aunque temes que el propio latido de tu corazón te acabe delatando. El polvo del cántaro se te pega en las manos pegajosas y te tienes que secar el sudor de la frente, pero, por suerte, no hay nadie más por allí.
No alcanzas a entender qué dice Li’ahn, a pesar de estar ya a un par de metros de la espalda del tipo, que parece que no se ha dado cuenta de que estás ahí. Levantas el cántaro con ambas manos, pero se te resbala de la mano izquierda, «putos sudores de los cojones», te das tiempo a decirte antes de soltar en voz alta:
—Upss.
El tipo se gira ojiplático y te pilla haciendo equilibrios con el cántaro entre manos. Sin pensarlo te agarra con su mano derecha del cuello, apretando quizá más de lo necesario.
—¿Quién eres?¿Qué haces aquí?—entiendes como si fuese oriundo de tu mismo barrio.
—Soy David, perdone—. Sientes el rubor de la sangre acumulándose en tu cara—. Quería preguntar dónde puedo conseguir agua—logras decir.
El guardia acerca tu cara a dos centímetros de la suya, maloliente y asquerosa como si no supiese qué es eso que has llamado agua, y te escruta con unos ojos grandes y verdosos, casi hasta bonitos, como si pudiese escanear con ellos la veracidad de lo que dices.
—Vete de aquí, imbécil—. Te empuja hacia atrás, donde acabas cayendo de culo como si fueras un niño pequeño, mientras haces lo que puedes, es decir, nada, para evitar que el cántaro se caiga y se rompa.
—Joder, con más cuidado, me podría haber hecho daño,y mira—te levantas y señalas al cántaro roto—ya se ha roto esta mierda, ahora ni agua ni hostias.
—Que te vayas de aquí, imbécil.
—Vale, vale, veo que no sabes más palabras—. Parece que te has envalentonado al ver que Li’ahn ha conseguido entrar y caminas para esperar al girar la calle—. ¡Ya me voy!—le gritas.
Los temblores te vuelven tan rápido como el dolor de cabeza y las ganas de vomitar. Las dos realidades distintas que tus ojos ven se están solapando casa vez más y te cuesta hacer nada sin marearte, pero tienes que esperar a la chica, no puedes dejarla ahí. No sabes qué hacer, no habíais previsto esta parte, tendrías que ser tú quién estuviese dentro, pero te alivia saber que al final ha sido ella, tú no habrías sido capaz de hacer nada con lo mal que te encuentras.
Sabes que deberías volver con el guardia —que ni siquiera sabes si ha entrado a buscarla o sigue ahí parado en la puerta—, al menos para distraerlo de nuevo y permitirle a ella salir.
Piensas tus opciones: quizá si vuelves a la puerta haciéndote el despistado el guardia se apiade de ti. O sacar fuerzas de flaqueza y tirarte a por él por la espalda. Es una idea desesperada, terrible, pero servirá para comenzar una pelea que te dejará maltrecho, más roto si cabe, hasta que ella consiga salir y podáis por fin volver a tu casa a beber algo que te tumbe de una vez.
Vuelves haciéndote el distraído
Te tiras a por él por la espalda
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Hasta el próximo destello